Repensar cuál es nuestro lugar. Día mundial del medio ambiente

Al escribir o contar una historia, una noticia, una experiencia,… construimos una narrativa. La narrativa, al ser una forma de expresión, influye en la manera en la que pensamos y en la que construimos la realidad. Cuando nos expresamos, mostramos parte de nuestra personalidad, de nuestro comportamiento, de nuestra historia de vida, identidad, cultura o sociedad. 

Vinculado a esto de la construcción de la realidad, días previos al Día Mundial del Medioambiente, una noticia se ha hecho eco entre los medios de comunicación europeos: “se han superado 4 de los 9 límites determinantes para mantener la estabilidad en el planeta”. Estos parámetros fueron identificados por un grupo internacional de científicos del Centro de Resiliencia de Estocolmo en 2009 y ya por entonces, advertían que el hecho de superar sólo uno de los 9, supondría la generación de cambios ambientales irreversibles en todo el sistema y desencadenaría el colapso de nuestra sociedad. La actualización de estos indicadores, no sólo muestra una acelerada y peligrosa evolución, sino que evidencian que la actividad humana, concretamente la de las sociedades del norte global, es responsable de los cambios del planeta y del aumento del riesgo de romper el equilibrio natural y la capacidad de resiliencia de la Tierra. 

“Nueve parámetros interconectados que son determinantes para la estabilidad del planeta”: un llamado de atención que a pesar de expresarse mediante una narrativa clara e impactante, no ha logrado vencer a la narrativa que predomina en el pensamiento de las sociedades del norte global: la del sistema capitalista. Ésta se caracteriza por haber construido relaciones jerárquicas y desiguales que defienden la superioridad del ser humano sobre la naturaleza. 

Ante esta lógica, Aitziber Sarobe, ecologista zarautztarra, expresa que “medioambiente, ingurumena (en euskera), es una palabra novedosa en nuestra cultura: una palabra que relaciono con los impactos que hemos generado en nuestro entorno a raíz de la industrialización: contaminación, erosión de los suelos, pérdida de la biodiversidad…” y denuncia que “hoy, hasta los mayores abusos que se cometen contra la naturaleza se blanquean bajo un peligroso paraguas: en estos tiempos del capitalismo verde, todo es medioambientalmente justificable”. En esta misma línea, Lucía Ixchiú, indígena Quiché, dice no sentirse representada con la narrativa de occidente sobre el medioambiente: “No se trata de superioridad. Se trata de hablar de la naturaleza y de reconocernos como parte de un todo”. De hecho, cuenta que “Quiché en la traducción al castellano significa muchos árboles y desde nuestra cosmogonía reconocemos a los árboles como nuestros ancestros. Nunca hemos utilizado la palabra medioambiente como tal. El bosque es y ha sido nuestra casa, es parte de nuestra cotidianidad, venimos de la tierra, somos naturales”. Por su parte, Yalenis Medina, mujer afrocampesina Hosca, defensora del territorio en La Guajira, Colombia, se refiere a la madre naturaleza explicando que “no vemos la tierra como un objeto que hay que acabarla, explotarla o sacarle los recursos. La vemos como una madre a la cual hay que cuidarla. Una madre que nos alimenta, que nos da el ser, que nos ha dado y nos continúa dando todo”. 

Frente a la definición de medioambiente a la que hacía referencia Aitziber, reconoce que prefiere hablar de “la naturaleza, natura o izadia porque es la vida: aquello que crece y se desarrolla aún o a pesar de las personas. Todo aquello que nos ata a la tierra donde hemos nacido y le da sentido a la vida que vivimos de manera natural, cuando nos alejamos de la tecnología y los artificios que nos distraen de las sensaciones y los estímulos de la vida que se desarrolla en un entorno complejo y maravilloso”.

Bajo esta lógica, Keyla Canales, que acompaña como abogada del ERIC-RP a comunidades indígenas en la defensa de la tierra y territorio en Honduras, al ser preguntada por su concepción del medioambiente habla de casa común y reconoce que “la humanidad entera somos habitantes de esta casa y como tal, es nuestra responsabilidad protegerla, pues hemos tenido el privilegio de habitarla […] Debemos repensarnos y soltar la idea de que como humanos somos el centro.  Formamos parte de un todo”. 

Y es que, es este antropocentrismo, concepción que considera al ser humano como centro de todas las cosas y el fin absoluto de la creación, la narrativa que ha marcado los ritmos y tendencias de las sociedades occidentales, construyendo la realidad de un mundo insostenible basado en la acumulación, la búsqueda de poder, el crecimiento económico y que omite y minusvalora los impactos socioambientales que todo ello provoca, especialmente en el sur global. Juana Francisca Urbina, defensora del territorio en el departamento del Yoro, Honduras, denuncia que “es lastimoso ver cómo los ríos se están secando, cómo las quebradas se están secando, cómo las plantas se van muriendo […] En Honduras es exagerado cómo se han destruido grandes hectáreas de bosques. Nos toca asumir las consecuencias de los crímenes cometidos hacia la naturaleza”. 

Así, para cambiar esta tendencia de destrucción y desigualdad, si bien es importante establecer límites para asegurar la estabilidad climática, la biodiversidad, el acceso al agua, la reducción de la contaminación,… también se debe considerar la justicia socioambiental para la definición de dichos límites. Y es que hablar de justicia socioambiental es hablar de la vida como un todo. Como señala Lily Calderón desde el núcleo de mujeres de la REPAM, “es entendernos en convivencia con el medio ambiente desarrollando los valores de la reciprocidad, la solidaridad, la comunidad y colectividad, la diversidad, que reconocen a la naturaleza como sujeto de derecho y garantizan derechos e igualdad para la humanidad”. 

Bajo esta lógica de la justicia, Yalenis explica cómo los pueblos étnicos “vemos el medioambiente totalmente diferente a occidente que lo ven como algo que se puede aprovechar, que se puede sacar, piensan en la plata y el dinero sin tener en cuenta la parte espiritual, la parte humana, la parte intergeneracional. Si acabamos con lo que tenemos no les vamos a dejar a nuestros hijos e hijas lo que nosotras hemos tenido. Nuestros ancestros nos dejaron un legado que tenemos que cuidarlo. Se trata de un compromiso con la justicia intergeneracional” 

Por último, respetando la diversidad de las voces, territorios y narrativas recogidas en este artículo, termino estas líneas planteando una pregunta que ojalá promueva reflexión, y transformación: ¿qué narrativa me representa? Y por tanto, ¿cómo quiero aportar a la construcción de la realidad? 

Romper con las dinámicas dicotómicas y jerárquicas para vivir en interrelación e interdependencia con la humanidad y la naturaleza. Con la tierra, con las aguas, con los seres que habitamos estas tierras sagradas; con el pasado, con presente histórico y sabiduría ancestral de diversos pueblos, etnias y cosmovisiones que nos enseñan a vivir en equilibrio y proteger el medio ambiente para las generaciones futuras; sin degradar o destruir, sin deforestar, sin exterminar, sin extinguir su vida y la de los demás seres que habitamos el planeta. Una oportunidad para repensarnos, reubicarnos y vivir cada día como un día de agradecimiento, ofrenda y reconocimiento a la madre tierra.

Artículo de Sara Diego, técnica de incidencia política de Alboan. Gracias a los aportes del grupo “Defensoras de nuestra casa común”

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